Puebla

El día de ayer fui al dermatólogo después de la oficina, para que me extrajeran un lunar que podría, en su momento, convertirse en algo indeseable, por lo que era imperativo actuar con tiempo y sin demora para evitar contratiempos.

Al llegar al centro dermatológico noté que el lugar estaba más lleno de lo normal, ya que nunca está vacío, debido a que ahí  se ofrecen muchos servicios médicos, como tratamiento para el vitíligo, fototerapia para tratar la psoriasis, además de todos los servicios normales que otorgan los dermatólogos.

Al salir del consultorio, gracias a Dios con muy poco dolor, me dirigí a mi casa para cenar con mi esposa y celebrar un día especial que todo el mundo parecía haber olvidado en las calles y oficinas de la Ciudad de México; ese día era simplemente el cinco de mayo.

Muchas personas, incluyendo los nacionales mexicanos, ignoran que pasó aquel día, cuando las armas mexicanas derrotaron al ejército francés de Napoleón III, con una fuerza inferior, tanto en número como en equipamiento.

La crisis comenzó el 17 de julio de 1861, cuando el presidente mexicano anunció la suspensión del pago de la deuda externa que se tenía con los países de Francia, España e Inglaterra, obscureciendo así los cielos políticos de la nación y atrayendo a una tempestad qué enfrentar.

Debido a esta suspensión de pago, los tres poderes involucrados se reunieron en Londres para plantear esquemas de acción y procesos para conseguir el pago de aquella nación, que parecía no poder cimentarse de ninguna manera.

puebla-portada-6-13072014-174526El gobierno británico y sus colegas españoles buscaban soluciones pacíficas, así como planes económicos para que el gobierno Juarista pudiera pagar las deudas sin caer en bancarrota y anarquía; sin embargo, la delegación francesa parecía desde entonces estar mucho más indignada y buscaba de manera muy directa una intervención absolutamente militar para forzar a México a pagar o a perder su soberanía.

Los franceses tenían toda confianza en que podrían lograr esto, debido al poder de su ejército, quien había recientemente derrotado a los rusos después de la sangrienta batalla de Crimea, por lo que marchar sobre México sería un juego de niños, esto lo pensaban porque no conocían a los mexicanos.

Aunque durante la conferencia de Londres se había pactado que México no sería invadido, los franceses desembarcaron en enero de 1862 en las costas mexicanas de Veracruz, con una simple intención y un sólido objetivo, marchar sobre México y tomar su capital.

Un gran problema era que el gobierno republicano y liberal de Juárez no podía obtener la ayuda del gobierno norteamericano, debido a que aquel país se encontraba inmerso en una guerra civil muy sangrienta, lo que significaba que tendrían que pelear solos.

El avance francés comenzó muy bien, aplastando a todo el que se le interpusiera; sin embargo, la historia cambió radicalmente al llegar a la ciudad de Puebla, que era el último bastión entre Veracruz y la Ciudad de México.

Gracias al coraje mexicano y a la arrogancia francesa, los invasores fueron derrotados en los Fuertes de Loreto, obligándoles a retroceder a Veracruz con la cresta caída.

Señales de que la adultez llama a tu puerta

El fin de semana pasado, mi bien amada y yo, acompañados por nuestros retoños, hicimos un viaje a mi hogar familiar; esa modesta, pero entrañable casita en la que crecí, allá en mi natal Pachuca.

Como solía decir una de mis maestras de la facultad, esto no es “nada para escribir a casa”, es decir, no es extraordinario en modo alguno, pues dicha visita la hacemos por lo menos una vez al mes, desde que nos mudamos de regreso a la Ciudad de México.

Sin embargo, este domingo, cuando volvíamos a casa por la tarde, me invadió un particular estado de ánimo, que mi querer tuvo a bien de calificar como “chipilez” (condición de chípil, término que según la Biblioteca Digital de la Medicina Tradicional Mexicana, deriva del náhuatl y se refiere al niño con problemas de salud o conducta, a causa del próximo advenimiento de un hermanito).

Y, en efecto, me encontraba chípil o necesitado de que me consintieran e hicieran caso, pues de pronto me entró una nostalgia inmensa por los años que viví en esa casa con mis papás y mis hermanos. Paradójicamente, buena parte del tiempo que pasé en ese dulce hogar, por cursi que suene, lo dediqué a soñar con salir de ahí.

Fantaseando primero y planeando después, me ocupaba en edificar esa vida adulta, en la que primero todo sería libertad, para ir y venir a donde, cuando y como quisiera, y después sería puro gozo y alegría, en compañía de una familia tan encantadora como las que salen en los especiales de navidad de la tele.

Al volver la vista atrás, desde una vida que no se parece con toda exactitud a la que había imaginado, pero que igual es fabulosa, no pude evitar que me inundara cierta melancolía, combinada con unos toques de arrepentimiento por no haber atesorado más aquellos instantes o por no haber apapachado a mi familia con la frecuencia debida

Mi linda esposa, que siempre me comprende, o al menos da la justa impresión de que lo hace, me dijo que muchas veces a ella le sucedía lo mismo y que las sensaciones de nostalgia y añoranza eran inevitables. No obstante, agregó, para experimentar esas emociones y sentir el justo aprecio por lo que teníamos, hace falta estar lejos. “De hecho, concluyó, ese anhelo por el hogar y la infancia puede ser la primera señal de que, ahora sí, somos adultos en toda la extensión de la palabra”.

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¿Será? Yo siempre pensé que ser adulto debía implicar mucho más que cumplir 18 años y tramitar la credencial del IFE (bueno, ahora INE). Lo asociaba más con el ingreso al primer trabajo, la inauguración del departamento de soltero, la autorización de la primera tarjeta de crédito o del primer plan de autofinanciamiento. En la segunda etapa vendría la vida estable en pareja, la hipoteca, los hijos, las escuelas. Vamos, que si todo eso no te hace adulto, no sé qué otra cosa pueda conseguirlo.

Pero mi esposa, que siempre ha sido y será más sabia, opinó que todo aquello constituían las convenciones sociales, particularmente, las de nuestra sociedad, que en una época y contexto determinados se relacionaban con la vida adulta. Sin embargo, la auténtica adultez o mejor dicho, la madurez, llegaba cuando el individuo empezaba a tomar consciencia de quién había sido y a dónde lo habían llevado sus decisiones.

Como siempre, me quedé asombrado por sus palabras y me dije que, en efecto, más que un estatus asignado por convenciones externas, la vida adulta es una cuestión introspectiva. ¿Ustedes que piensan, queridos lectores?

Nuestra relación de amor-odio con la comida

“¡A este paso, tendremos que pesarnos en básculas camioneras!”, dijo riendo la luz de mis ojos, después nuestro desayuno de doble vitamina T (Tortas de Tamal), el domingo pasado. Lo malo es que tal homenaje a los carbohidratos y las grasas fue sólo la portentosa conclusión de aquel fin de semana dedicado a los antojos. Empezamos desde el viernes, cenando hamburguesas del puesto de la esquina y continuamos el sábado, cuando las comidas del día nos llevaron por las gorditas del tianguis, las pizzas al horno de piedra y las crepas.

Se preguntarán el motivo de nuestro soberano atracón. Pues bien, resulta que nuestros hijos se fueron de campamento con su equipo de natación y para matar la nostalgia y aprovechar que no teníamos a quién darle buen ejemplo, nos entregamos al desenfreno alimenticio. Sin embargo, al caer la tarde del domingo, mientras esperamos a los niños en medio de la melancolía de esa hora (¿o seré sólo yo quien sufre las tardes de domingo?), mi esposa y yo empezamos a sentir el gusanito de la culpa.

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“¿Por qué comimos así? -se preguntaba- ¡Como si no hubiera un mañana! Seguro que ahí perdí todo el trabajo de la semana en el gimnasio”. No quise agregar nada más a su calvario, pero la verdad es que yo me hacía las mismas recriminaciones. “No te preocupes –contesté-, sólo fueron antojos. Mañana hacemos rutinas dobles para quemarlo todo”. “Pero, ¿y si ya no podemos dejar de comer así?”, respondió ella, con auténtica preocupación en la voz y la mirada.

Entonces comencé a pensar en esos estudios acerca de la adicción que provoca la comida chatarra y en la variedad de trastornos alimenticios que se pueden desarrollar hoy en día. Pero enseguida me vino a la mente una pregunta que, por tonta que pueda parecer, me puso a reflexionar un buen rato; ¿por qué am-odiamos la comida?

Coincidirán conmigo en que la razón de nuestro amor por la comida es de lo más obvia; ¡la necesitamos para sobrevivir! Mi abuela lo resumía en un sabio dicho, “A todo se acostumbra uno, menos a no comer”. La ciencia nos ha demostrado que, de hecho, la vida se pierde más rápido al estar privados de agua; pero yo no quisiera llegar a comprobarlo, prefiero renunciar a cualquier cosa con tal de no dejar de comer.

Ahora bien, si la comida nos mantiene en esta vida que, pese a sus sinsabores y vaivenes, tiene su encanto, ¿por qué llegamos a detestar ese sustento que, además de nutrirnos, inunda el paladar de placeres? Como mi amada y yo comprobamos, nuestra voluble relación con los manjares descansa, sobre todo, en la falta de mesura. Cuando no sólo buscamos lo necesario, sino que nos dejamos llevar hasta los confines de los excesos, aquello que sólo debía nutrirnos y moderadamente complacernos, empieza a desbordarnos. Y tanto se peca por exceso como por defecto, pues una vida privada de todo placer y antojo, sería quizás peor que no vivir.

Así fue que lo decidimos; no más fines de semana dedicados por entero a los antojos, aunque sin caer en el extremo de la total privación. Habremos de elegir tan sólo un gusto, sea para el viernes, el sábado o el domingo, y luego, ¡a vivir como ejemplos de moderación!

El primer día

Nuestro hijo mayor salió enfurruñado de la escuela el primer día de clases. De camino a casa le pregunté varias veces si algo había sucedido, pero se limitó a decir que tenía sueño. Mi esposa trató de platicar con él a la hora de la comida, pero él insistía en que no pasaba nada, mientras revolvía la sopa con desgano. Luego de medio hacerle el favor al guisado y el postre, se encerró en su cuarto.

Cuando llegó la hora de la merienda y vimos que aún tenía el ceño fruncido, empezamos a preocuparnos. ¿Sería que en la nueva escuela, que tanto nos habían recomendado y que mucho presumía de sus modernos sistemas pedagógicos, también se daba el famoso bullying?

No quedó más que sacarle las palabras “con tirabuzón”, como decía mi abuela, y luego de mucho esfuerzo, logramos averiguar la razón de su enojo. ¡Los maestros se habían atrevido a dejarle tarea el primer día! Tenía que resolver un problema de matemáticas, escribir una redacción en inglés acerca de sus vacaciones y para la clase de ciencias sociales, investigar la biografía de William Soto Santiago (esto último no le costó demasiado trabajo, gracias a internet).

¡Así que eso había estado haciendo toda la tarde en su recámara! Nada más y nada menos que la tarea. Mi corazoncito y yo hicimos lo mejor que pudimos por animarlo; le dijimos que todo en la vida cumplía su ciclo y que al terminarse las vacaciones, no quedaba más que volver a las actividades normales. Además mencionamos que no era tan malo entrarle a los deberes desde el primer día, pues aunque ahora le resultara un poco difícil y casado, para mitad de semana ya habría “calentado” y estaría encarrilado por completo en el nuevo ciclo escolar.

Ofrecimos ayudarle con lo que tuviera pendiente, pero resultó que ya había terminado todo. En realidad, más que cansado o abrumado, estaba enojado porque así, de buenas a primeras, lo mandaron a casa con varios trabajos. Luego de que desahogó su mal humor y se dio cuenta de que, al fin y al cabo, hasta terminó la tarea temprano, recuperó la sonrisa y se fue con sus hermanos a jugar.

Mi amor y yo nos reímos, pero cuando ya todos se habían ido a la cama y ambos degustábamos nuestras respectivas infusiones para relajarnos, comentamos que a nuestro retoño no le faltaban motivos para el desencanto. Los dos coincidimos en lo difícil que es retomar las obligaciones cotidianas después de cualquier periodo de asueto que vaya más allá del efímero fin de semana; llámese puente, Semana Santa, maratón Guadalupe-Reyes o vacaciones de verano.

Sin ir más lejos, yo regresé ayer a la oficina, después de haber tomado el jueves y viernes a cuenta de vacaciones para resolver algunos pendientes. No estuve tendido en el sofá, ni mucho menos, pero el simple hecho de no despertar de madrugada, desayunar con calma y pasar más tiempo con la luz de mis ojos, lograron que olvidara el estrés y la rutina. Claro que también me desacostumbraron un poco del trajín e hicieron que pasara el lunes con un ánimo más “zombificado” de lo normal. ¡Cuánto más no sufriría nuestro niño, después de casi dos meses de asueto!

Pero, en fin, así sucede con los primeros días, ¿no creen?

El silencio

Al estar comprando un boleto de VivaAerobus en un café internet, la persona que estaba hablando por celular a un lado mío lo hacía demasiado fuerte y no dejó de hablar durante aproximadamente unos 15 minutos.

Una de las virtudes más grandes que existen en el universo es la condición y el estado del silencio, ya que es en silencio cuando todo lo que se esconde sale a la luz, sea bueno o malo, algo que es crucial para el autoconocimiento.

Si una persona no se conoce a sí misma, es casi imposible que llegue a conocer a nadie más, lo que le hará la vida mucho más complicada, ya que en la vida se gana conociendo tanto a la competencia como a los obstáculos que inevitablemente emergen en nuestro camino.

El silencio no es nada más que la ausencia de todo ruido o sonido de carácter físico, ya que al hacer dormir al ruido, la mente se activa y los verdaderos sonidos, aquellos que nos hacen o nos deshacen, toman forma y escapan la propiedad fantasmagórica de su existencia.

El silencio, si es que se sabe tanto utilizar como apreciar, puede llegar a convertirse en el mejor amigo de un individuo, así como su más grande maestro, de quien se pueden aprender cosas que este mundo y la mayoría de su población no conocen.

Cuando se está en silencio, es posible escuchar un universo de sonidos que siempre han estado ahí, pero que jamás hemos apreciado de manera adecuada, como es el cantar de los grillos y el coro de las lechuzas, quienes iluminan la obscuridad de la noche y reviven lo que el movimiento del sol había escondido.

Cuando se conquistan las murallas del silencio y se domestica la nada, es posible crear un antídoto infalible contra el aburrimiento, que generalmente proviene de una mente vacía, sin nada que devorar, ya que cuando la mente no tiene substancia que triturar, se devora a sí misma,  fertilizando así a los campos de la demencia, que al crecer vendrá a robar todas nuestras memorias y emociones.

Cuando uno puede estar en soledad y en silencio, significa que uno ama la compaña de sí mismo y que no necesita de nadie más que de sus propios pensamientos y materia intelectual, lo que es un síntoma de que se ha aprendido a vivir en comunión con la sabiduría.

A su vez, el silencio es un signo y una demostración de respeto hacia la paz de nuestros semejantes, ya que muchas veces al romper el silencio uno le está robando a los demás una oportunidad de crecer y de alimentarse de los frutos de aquella joya invisible, cuyo reflejo silencioso es capaz de reparar cualquier corazón que esté abierto a aceptar los regalos que se esconden detrás de las estrellas y en la imaginación de los cometas que pincelan al mundo con noticias de lejanas galaxias, que miran al mundo desde el futuro.

Es por esto, querido amigo, que te recomiendo silencio y pensamiento, que serán después tu gran lanzamiento.

¿Por qué no?

Por cuestiones de trabajo, en lo que va del año he estado en hoteles en Puerto Vallarta, Cancún,  Monterrey y Manzanillo.

Como es costumbre, adonde sea que vaya, me fijo mucho en todo, ya que siempre encuentro cosas muy interesantes en los lugares menos esperados.

Los hoteles son lugares muy curiosos, ya que aunque muchas veces no lo sepamos, las personas nacen, se reproducen y mueren dentro de aquellos pedazos cielo donde todo es posible.

Al pasar por este recorrido de múltiples hoteles, me di cuenta de la enorme cantidad de personas infieles que hay.

Siempre te puedes dar cuenta cuando una pareja de desconocidos son infieles cuando actúan aunque sea poquito cautelosos, cuando siempre tienen su teléfono con la pantalla viendo para abajo o cuando nunca, aunque sea dentro del hotel, se quiten los lentes de sol.

La mayoría de los infieles tienen un complejo de persecución muy grande y casi todo el tiempo, como si fuesen a salir ángeles mensajeros de la verdad de los focos de las lámparas; de adentro de los paraguas; de abajo del tapete o del papel tapiz, quienes llevarán evidencia de la verdad a los corazones de los engañados.

Tan solo hace unos años, la condena social ante una infidelidad era severa y muchos dedos apuntaban a aquellos o aquellas culpables de lo que era una falta de honor.

Sin embargo, hoy en día la sociedad ha cambiado y ahora, desde que cayeron las fronteras, entendemos este fenómeno de una mucho mejor manera, debido al alto número de infidelidades en la sociedad y hasta en nuestro círculo de amigos.

El día de hoy somos mucho más abiertos con la idea del adulterio, debido a que entendemos los millones de problemas por los cuales podría estar pasando una pareja.

A su vez, nuestros sentidos están constantemente bombardeados por propaganda extra liberal y sumamente provocadora, plantando aquella pregunta en el corazón de nuestra mente con tanto poder para construir como para destruir, ¿por qué no?

Esta pregunta está en la mente de muchas de las parejas desde los primeros años, algunos la tienen desde los primeros meses.

De hecho, hay quienes sostienen que el tan solo en pensar en esta pregunta es ya ser infiel.

La infidelidad es un fenómeno que se da en 1 de cada 3 parejas, una estadística bastante alta.

La infidelidad puede ser causada por muchos factores, tanto externos como internos, que van desde mucho estrés, poca comunicación, muchas horas de trabajo, inseguridad en nuestra pareja o en nosotros mismos, así como la pérdida de atracción sexual debido a la monotonía o a que uno de los dos se ha dejado llevar por la pereza.

Hay personas que afirman que la infidelidad muchas veces ayuda a arreglar relaciones en declive y que ésta es una excelente manera de revivir la chispa pérdida.

Yo, en lo personal, no creo que sea así y si estás listo para cometer una infidelidad,  también debes de estar listo para recibir infidelidad por parte de tu pareja.

Un problema muy común

La vida de una mujer es compleja, llena de altibajos, cambios de parecer, arranques de amor y furia de naturaleza normal para el sexo femenino, pero inentendibles para el sexo masculino.

Las mujeres son como un mar profundo, lleno de secretos y de misterios, muchos de los cuales es mejor no tocar.

Una mujer es como un lugar inexistente en la tierra, donde en casi cada día se pueden observar las cuatro estaciones del año a su máximo esplendor.

Las mujeres son seres impredecibles, ya que sus fuentes de alegría y de tristeza generalmente son  fantasmas conocidos solamente por aquel quien las diseño y las creó.

A su vez la sabiduría de una mujer es capaz de derrotar las barreras de todo tiempo y espacio y de llegar a lugares donde el futuro y el pasado son uno mismo.

El sexo femenino es uno creado con el don de profecía e inquisición, muchas veces perfecta, ya que su sexto sentido es tan acertado como el radar de un barco y su habilidad para conocer la verdad de algo escondido en un mar de palabras es tan penetrante como los ojos de la lechuza son en la cúspide de la noche.

El tratar de mentirle a una mujer es como decirle al mar que los castillos de arena son indestructibles y al horizonte afirmarle que cuando las nubes están llenas y obscuras es porque ha de llover flores.

Estos dones y dolores son impuestos en su naturaleza, debido a que la mujer es la encargada de hacer niños de ángeles y ángeles de niños.

La mujer es simplemente el pilar de la continuación de la especie humana y el nido de la nueva vida.

Estas responsabilidades no vienen de a gratis, ya que todos estos subibajas de emociones y fábricas de propiedades secretas dejan su huella bien marcada en ellas y es difícil erradicarla.

Los problemas y condiciones hormonales son un resultado tangible de los subibajas ya mencionados y pueden llegar a ser muy incómodos para aquellas quienes lo portan.

Una de estas condiciones es la celulitis.
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La celulitis es una condición hormonal y circulatoria que provoca acumulaciones de agua y grasa en ciertas partes del cuerpo, que causan inflamaciones y efectos visuales poco agradables para aquellas que padecen de esta condición.

El lugar más común donde se puede dar la celulitis es en las piernas y glúteos de las mujeres.

Cuando ésta es de mediana a severa, la celulitis se manifestará en la forma de una gran red de municiones, expandida por toda un área o áreas.

Existen varios  factores que causan esta condición; sin embargo, los más comunes son la genética y efectos secundarios de la administración de pastillas anticonceptivas.

Los embarazos también pueden ser un factor importante en la creación de tejido celulítico.

La celulitis puede llegar a ser una condición complicada de remediar y una que cause suma molestia en las mujeres.

Aunque la celulitis en el área de muslos y piernas puede ser muy incómoda, aquellas que la padecen siempre pueden usar falda o pantalón, lo que bloquea el problema momentáneamente.

Sin embargo, la celulitis también se puede producir en el área facial, cuyas secuelas son mucho más severas que en otras partes del cuerpo.

Si  padeces de esta condición, querida amiga, no te preocupes, ya que el tratamiento para la celulitis es una prioridad en la industria dermatológica y hay grandes avances para combatirla, ya que la celulitis en un problema muy común.

Amor por internet

Unos amigos míos, quienes curiosamente se hicieron novios en una venta de sillas plegables, solían ser una pareja bastante inusual, debido a que se conocieron por internet; sin embargo, hoy en día se está convirtiendo en algo cada vez más normal, a medida que crece la comunidad digital.

Si bien el encontrar y tener pareja es algo natural, a modo de continuar la especie, ésta no es una actividad nada fácil de llevar a un resultado verdaderamente positivo.

El buscar y encontrar pareja es una ciencia que a muchas personas se nos complica un poco, ya que encontrar alguien con quien cuajemos bien no es poca cosa y es algo que puede tomar mucho trabajo.

La situación se complica aún más a medida que pasa el tiempo, ya que los individuos nos volvemos mucho más exigentes en nuestros gustos, así como más tercos en nuestros hábitos.

Otro factor importantísimo para poder conocer, cortejar y conquistar a nuestra posible media naranja es la cantidad de tiempo con el que contemos, ya que sin él se podría complicar mucho el asunto, ¿o no?

El resultado que obtengamos en el amor, como en cualquier otra actividad en la vida, depende de que tan bien o mal operemos cuando tal o cual circunstancia sale a la luz, buena o mala.

Es bien sabido que el síntoma primordial de nuestra época es la falta de tiempo, algo que nos obliga a escoger entre el deber y el placer, una ecuación cuyo resultado ya conocemos muy bien.

Para dejar las cosas en claro, debo decir que el resultado de escoger el placer sobre el deber es un error de proporciones mayúsculas, ya que por lo general la vida parece no perdonar esta ofensa, a menos de ser una persona con muchos millones de dólares en el banco y aun así la vida puede encontrar una manera en que tropecemos y no levantemos.

Debido a esto el hombre mortal tiene que tomar las decisiones correctas  para asegurar su bienestar, es aquí donde entra el cortejar, conocer y conquistar a nuestra pareja por internet.

Naturalmente, en alguno u otro punto tendremos que concretar nuestra relación en la vida real y debemos saber que aunque conozcamos todo sobre nuestra posible pareja, debido a nuestra amplia correspondencia, las cosas pueden tomar otro giro al momento de conocernos físicamente.

Es por esta y muchas otras razones que nunca debemos de tener expectativas demasiado altas en nada de lo que hagamos y mucho menos en el amor, ya que los pensamientos ajenos pueden ser un misterio tan profundo como el mar para aquellos que ansían.

Si te has decidido cortejar por internet, te recomiendo que siempre tengas los pies en la tierra y no vueles por arriba de las nubes, ya que la caída de las águilas que más alto vuelan es la más fuerte y dolorosa.

A su vez te recomiendo que antes de llegar al punto medio en tu relación virtual conozcas a tu media tu candidato vía Skype  a modo de saber a la princesa que cortejas sea real y como aparece en su foto.

Ahora, ¡ve y conquista!

Llovían ranas y otros batracios

Desde hace algunos veranos, mi esposa y yo nos hacemos el mismo comentario; “¡Este año ha llovido como nunca!”. Luego caemos en la cuenta de que el año pasado habíamos dicho exactamente lo mismo y, consternados, nos preguntamos cuánto faltará para el nuevo diluvio universal.

Este mes ocurrió un evento que añadió dramatismo a nuestra ya trillada visión fatalista, pues un día en que la tempestad fue particularmente intensa, encontramos que pese al cuidado con que cerramos puertas y ventanas antes de salir de casa, el agua se había metido a la sala.

Preocupada por un futuro más concreto, el de nuestros muebles, tapices y libreros vintage, y por supuesto, el de los libros, la dueña de mis quincenas sentenció que al día siguiente, y antes de cualquier otra cosa, debería pasarme por una conocida tienda de accesorios para el hogar, a comprar unos perfiles de aluminio con los cuales reforzar las ventanas.

Como la mañana en que debía cumplir con tan importante misión, el sol se dignó a obsequiarnos con algunos de sus preciosos rayos, decidí caminar hasta la tienda. No está demasiado lejos de casa, pero los treinta minutos de caminata bien podían contar como el ejercicio del día.

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Mientras recorría las calles, mi mente comenzó a llenarse de recuerdos lluviosos. Mis padres son de Guanajuato, un estado en el que la temporada de lluvias también obsequia a la tierra con generosos aguaceros. Célebre entre los guanajuatenses, y sobre todo entre las generaciones de mis padres y abuelos, era la historia de unas tormentas que desbordaron una presa y provocaron tremendas inundaciones. Los ríos precipitaron todo su caudal sobre los pueblos y las aguas se revolvieron de tal forma que, según cuentan los relatos, llovieron ranas y otros “bichos del agua”, incluso días después de que las nubes dejaran de verter sus contenidos.

Cuando escuchaba esa historia siendo niño, le encontraba mucha gracia. Imaginaba que sería muy divertido salir a capturar unas ranas diminutas, delgadas y de color verde muy vivo, como las que un tiempo dieron en vender afuera de mi escuela. Nunca pensé que, de ser cierta la historia, en aquella ocasión pudieron caer batracios tan bien desarrollados, como los que provocan caos y destrucción en la igualmente memorable escena de la película Magnolia. Mis padres y abuelos no hablaban de nadie que hubiera muerto o resultado herido a causa de un literal “ranazo”; pero si los “bichos” que caían eran del tamaño de un amplio cenicero, bien se puede pensar que descalabrados, por lo menos, sí que hubo.

Esta memoria me hizo pensar en la vieja expresión “it’s raining cats and dogs”, que quizás todavía se use en algunos países de habla inglesa. En una ocasión –probablemente en otro verano en el que había llovido “como nunca”- me dio por investigar su origen y aunque su empleo se ha rastreado hasta textos del siglo XVII, no se sabe con claridad cuándo o por qué surgió. Lo que todas las investigaciones se preocupan por aclarar es que en ningún lugar de la Gran Bretaña se tiene registrado un fenómeno meteorológico que levantara por los aires y luego precipitara sobre los techos a estas dos entrañables y supuestamente antagónicas especies.

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Lo cierto es que la fuerza del agua es impredecible y aunque se trate de una fuente primordial de vida, también puede arrasar con ella en un instante. Tal vez lo de las ranas, perros y gatos sea una exageración, pero es una buena forma de recordarnos que hasta nuestros mejores refuerzos para ventanas están a merced de la naturaleza.

Aquel extraño lugar

Amanecía en un hotel en alguna ciudad del mundo, solo y mi alma, sin nadie de mi familia o conocidos a lado mío. En el reloj daba las tres de la tarde, lo que significaba que había dormido mucho más de lo que acostumbro, ya que siempre me he levantado a las siete de la mañana, sin importar el día.

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El sol de la tarde entraba por las ventanas e iluminaba mi cama, un miserable catre caliente sobre el cual había dormido como una momia en una catacumba, para quien el tiempo había desaparecido y la luz del sol actuaba como un largo y penetrante rayo de obscuridad de mi propio corazón.

Mi estado era miserable, parecido al de aquellos hombres quienes bebieron toda la noche por tres de éstas. Mi cabeza retumbaba con los martillos de una migraña imposible de describir y mi sed era como la de aquel soldado perdido en el desierto, sin camello o agua.

Si los dos factores ya mencionados eran catastróficos, no se comparaban de ninguna manera con la angustia que abrazaba mi alma, como una serpiente a una rama de un árbol olvidado y solitario a la mitad de un pantano desconocido en las suelas del mundo.

En ese momento entendí algo que en algún momento había sabido, pero que había olvidado detrás de las cortinas de la esperanza y felicidad de alguna otra vida, de la cual los recuerdos eran sobrios y tenues, como la vela que está a punto de apagarse.

Recordaba a mi familia y sus risas, que parecían tener algo en común con aquellos pájaros que cantan a deshoras, perdidos y desubicados, pero con algún sentido de ser y pensar muy ajenos a la lógica del hombre.

Aún no sabía dónde estaba ni qué hacia solo en aquel hotel, envuelto en sábanas calientes y resbaladizas, como mantequilla en un sartén.

Al abrir bien mis ojos, volteé a mi alrededor y observé unas ventanas abiertas que daban a un balcón, que parecía estar iluminado por las lágrimas de un sol solitario y confundido.

Al levantarme, fui a ese balcón en busca de alguna pista que me pudiera acercar a alguna vedad que no se escondiera de mi mirada, sin saber por qué.

Al llegar ahí, me di cuenta de que la terraza daba a una calle vacía de cualquier ser humano, llena de basura y de papeles que volaban con el viento, como la inocencia de un niño vuela con el soplar del tiempo.

De pronto eché un grito al viento, con la intención de que mi voz encontrara los oídos de algún ser humano, quien pudiera explicarme qué estaba sucediendo y que me pudiera decir en qué ciudad estaba.

Sin embargo, nadie contestó y en ese momento sentí como si el mundo estuviera vacío y la voz de un vacío sería lo único que escucharía por toda la eternidad.

En ese momento me sentí como un niño recién perdido de sus padres, con ninguna posibilidad de reencontrarlos.

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De pronto comenzó a escuchar lo que parecían ser las pisadas de un gigante que intentaba salir de las entrañas del pavimento el cual veía desde mi terraza.

“¡Despierta! ¡DESPIERTA!”, una voz me decía.

En ese momento abrí los ojos y estaba en la cama de mi habitación, con mi esposa riendo por mi manera de roncar.

Todo había sido simplemente un sueño y me levanté a desayunar con mi familia unos ricos huevos a la mexicana, preparados por mi esposa. Esa misma tarde fui a la tienda de colchones a comprar uno nuevo, para evitar otro sueño de esos.

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